Un Alma en Cristo

Clases de Voluntariado G.M.A.

22 de Marzo de 1998El Origen de estas Clases

       Señor me doy cuenta de que los voluntarios debemos prepararnos para actuar con eficacia. Hasta ahora teníamos el Padre Ruperto, pero ahora ya no está. Sí, yo sé muchas cosas de las que no podemos hacer y me atrevo a reunirles y hablarles. Pero no sé lo suficiente. Había pensado en pagar alguna persona que diera esos cursos. Queda algo de dinero, pero, por otra parte, la mayoría de los voluntarios de María Auxiliadora son personas mayores y muy ocupadas. Me expongo a gastar dinero y que acudan pocos. Ya me cuesta encontrar voluntarios puesto que parece que no nos quieren en casi la mayoría de los centros por ser católicos. Después he pensado que, ya que soy una ignorante y que no tengo tiempo para prepararme, ¿por qué tú no me das los cursos que debo aprender para dárselos a los voluntarios? ¿Quién mejor que tú me puede enseñar? Tú, Señor sabes bien que estoy dispuesta a todo. Me encuentro muy limitada por el tiempo, pero creo realmente que debemos prepararnos o nos quedaremos atrás.

Tus preguntas y tus decisiones sobre el Grupo me parecen acertadas. Cuando los primeros cristianos no podían hablar de Cristo, hacían ocultamente una labor tenaz y profunda. Estamos ahora volviendo hacia atrás y hoy ser cristiano es una lacra que se aparta con desdén. Os adaptaréis a las normas de los centros, como hasta ahora se ha ido haciendo. Todo me parece bien para progresar e ir teniendo centros donde, con discreción, hagáis a la medida de vuestras posibilidades, hablando la palabra de Dios.

Tú, hija mía, ves clara la postura del Grupo y los inconvenientes que surgirían de obligarlos a asistir a cursos que, además de no ir casi nadie, gastarían un dinero que hace falta para otras cosas. Yo, hija mía, me comprometo a enseñarte. Escribiremos lo que podría consistir en una clase al mes. Serían unas páginas mensuales en las cuales los miembros del Grupo de María Auxiliadora tendrán por escrito y de palabra cómo deberán comportarse con el enfermo y en los centros.

CLASE 1

(Introducción al Curso)

Conocimiento del hombre

1.- El hombre y su felicidad

El hombre es un ser creado por Dios para amar, para compartir y para entregarse a los demás.

Estos comportamientos llevan al hombre a la felicidad.

2.- El hombre egoísta

       Si por el contrario, el hombre se porta egoístamente y se ale­ja del fin que le ha marcado la naturaleza, creada por Dios, se labra su propia infelicidad.

       La vida que viven los hombres alejados de Dios les hace desgraciados. Al no recibir la gracia, el alma del hombre se vuelve seca, árida y angustiada. Entonces el hombre se sitúa en un mundo de valores meramente adquisitivos: «Tanto tie­nes, tanto vales».

  Su actuación se dirige entonces a conseguir el poder; y sus valores humanos se deterioran: le mueve sólo la co­dicia del que quiere conseguir el poder.

3.- El hombre ante el sufrimiento

        A menudo el hombre es maltratado, humillado y aban­donado en una atmósfera de sufrimientos.

        En los alejados de Dios que sufren se fomenta el odio, la ira la venganza. Y surge, de los corazones maltratados, esta pregunta: ¿Dónde está Dios?

No entienden el porqué de estas, diríamos diferencias entre el hombre poderoso y el hombre miserable.

¿Cómo ve entonces el hombre a Dios? Lo ve como al­guien totalmente injusto.

Convendría decir que esas preguntas están en las men­tes de casi todos los hombres, incluso de los que creen en Dios.

CLASE 2

El enfermo y el voluntario

1.- La actitud del enfermo

La enfermedad deja al ser humano sin esperanza. Mu­chas veces también sin recursos y sin ilusión.

El enfermo se siente a menudo un ser abatido por el su­frimiento, el dolor y la desesperación. Y si a eso agrega­mos la falta de recursos y el desamor, el hombre queda como bloqueado. Su alma se llena de miedo. Y cae en una depresión que a menudo acaba más con él que la pro­pia enfermedad.

Si tuvieran el sentido de lo divino, la paz se sembraría en sus corazones. Pero si no tienen fe, e incluso cuando la tienen, dicen: ¿Por qué a mí, que creo y he creído?. Piensan que, por tener fe, Dios les tratará de modo dife­rente que a los demás. Que ellos no pasarán nada porque son escogidos de Dios. Así, cuando la enfermedad les asalta, se sienten maltratados por El, a quien acusan de ser injusto con ellos.

2.- La actuación del voluntario

El voluntario debe centrar su actuación sobre todo en captar la situación espiritual del enfermo. ¿En qué estado se encuentra? ¿Qué valores se desprenden de su actitud? ¿Qué espera del voluntario?

Nunca se debe atosigar al enfermo con preguntas. El voluntario debe presentarse y, con la debida sabiduría, tratar de captar el estado de ánimo del enfermo. Se diri­girá a él con la soltura y la discreción necesarias de nues­tra actuación.

       Primero haremos una presentación personal. Luego diremos que somos voluntarios y que le visitamos por si quiere un ratito de compañía.

       Observaremos cómo responde a nuestro ofrecimiento y cómo nos mira. Según veamos, sabremos si nos pode­mos quedar o no.

        Si somos bien acogidos, no preguntaremos qué en­fermedad tienen, ni cuánto tiempo hace que están enfermos, ni cuándo saldrán. Más bien dejaremos que ellos hablen.

Lo que sí preguntaremos es su nombre. Cuando nos lo dicen, podemos comentar que es bonito. O bien hablare­mos del tiempo, para así entrar en diálogo. Con tacto y dis­creción dejaremos que sean ellos quienes hablen y noso­tros escucharemos con interés.

3.- Un gesto significativo

      Si se ve propicio, se le puede coger una mano. Este tacto es muy importante pues denotará el acercamiento que el voluntario intenta hacer. Con esa expresión de su tacto, el voluntario derriba una barrera de cohibimiento de parte del enfermo.

        Si ese gesto no es bien recibido, haremos como si no lo hubiésemos hecho y continuaremos como si tal cosa. En la próxima visita, recordaremos no repetir dicho gesto.

CLASE 3

El buen voluntario

1.- Medidas a adoptar

      Es muy importante que los voluntarios aprendan unas medidas básicas para poder realizar su trabajo con fruto. Estas medidas son:

  • caridad
  • entrega
  • convencimiento de lo que están haciendo; por quién lo hacen; y en nombre de quién lo hacen
  • deben tomar una decisión clara: las dudas no les lle­varían lejos
  • no mirar atrás constantemente, sino que, con entrega, mirar a los que sufren
  • entregarse ellos a Dios y, por Dios, al hermano.

      No hay un buen voluntario sin este principio: el vo­luntario jamás demostrará asco o miedo al contagio. Su fe y su valor están en amar a su Dios, el cual le protege de todo mal. Pero si alguno fuese contagiado, jamás lo deberá considerar como imprudencia suya o como un abandono divino. Sólo pensará que ha sido una gracia de Dios, el cual le premiará con la gloria al lado de Cristo, su divino Hijo.

      El voluntario de María Auxiliadora no es un volunta­rio cualquiera. Deberá prepararse tanto en lo humano como en lo divino, saber por qué lo hace y qué quiere ofrecer a su Dios. Y, en la medida que esté dispuesto, ha­cer y actuar.

2.- Ser voluntario es un don

       Deberá el voluntario pensar que cada alma es diferente; cada hombre es distinto. Que se pueden herir sus sentimientos, que ya están muy sensibilizados por el dolor, el miedo y la incertidumbre.

Algunos de los enfermos no tienen ni lo indispensable para vivir: están solos y sin recursos. No se debe llegar a pensar sobre ellos que son desgraciados porque quieren.

No sabéis nada de sus vidas. No sabéis si, en circunstan­cias como las que ellos han vivido, cómo habríais actua­do vosotros. Pensad sólo: ¡qué desgraciado ha sido! Jamás juzguéis. Que no haya en vosotros sentimientos de supe­rioridad. Esos sentimientos estropearían el trabajo realizado por el voluntario ante Dios.

CLASE 4

Adquiriendo experiencia

1.- Comprender al enfermo

       El voluntario no nace, se hace. A medida que va visi­tando adquiere una experiencia que le lleva a ver las co­sas de forma diferente a como las veía. Pero puede equi­vocarse en sus conclusiones, pues puede llegar a creer que hace bien lo que está haciendo mal.

       No se debe ir a visitar a un enfermo sólo con buena vo­luntad, con «amor» y «caridad». A menudo estas cosas, aunque ofrecidas con generosidad, ofenden al que las re­cibe, pues lo hacen sentir más inútil, más necesitado. El voluntario no debe ir al enfermo lleno de una gran com­pasión; sí de buena voluntad e inteligencia.

       Que el voluntario acuda al enfermo mostrando una ac­titud natural y comprensiva. No debe mostrar sus senti­mientos ni exagerándose en mimos. Estos no son nece­sarios, pues no es lo que el enfermo espera. El enfermo espera, a menudo, ser comprendido en su verdad, ser va­lorado en su situación real. No vayáis a él con palabras que le suenen a algo dicho simplemente para salir del paso; o bien a un falso consuelo.

        El voluntario debe escuchar y atender; contestando con respuestas pensadas y con coherencia. No con salidas de tono, como sería dando falsas esperanzas al que nada tiene, o bien al que sabe que va a morir. Es más honesto preocuparse por cómo ayudar a salir adelante al que nada tiene. Decidle: «Es cierto que tienes un panorama angus­tioso». E interesaros por si la asistencia social está infor­mada de su caso o si ha ido a los centros de ayuda social del ayuntamiento. Y, si hay que hacerle alguna gestión, pro­curar hacerla. Esto es más honesto que no hacer nada y li­mitarse a decir palabras de consuelo que al enfermo no le ayudarán a resolver su situación. Quizás no podáis hacer nada, pero al menos vuestras palabras no serán vanas. Para el que no tiene nada, su angustia es tal que casi todo le suena a vacío.

2.- El enfermo en peligro de muerte

       Al que tiene una enfermedad de la cual va a morir, no le vayáis con consuelos tontos. Esta persona está sola en­frentándose al miedo de la autodestrucción de su cuerpo; llena de dolores y con un gran sufrimiento.

       Posiblemente no es creyente y no podéis ir a él con la actitud de la esperanza. Vosotros no comprenderéis su es­tado de ánimo porque nunca habéis estado en esta situa­ción. Es más correcto, por ejemplo, que le cojáis las ma­nos infundiéndoles calor y que le habléis de lo que él quiera.

      Si os lo permite, habladle de Dios; de la esperanza en Cristo. Si no, orad mudos y sosteniendo su mano con amor. Pues, a veces, no hay que decir nada, sólo escu­char, sólo atender, sólo amar, sin ponerse pesados, ni que­riendo hacer tanto que resulte un agobio la presencia del voluntario.

3.- Orad siempre y sed discretos

       Debo deciros, que oréis siempre. Antes de entrar en la habitación invocad el santo nombre de María, la llena de gracia, y poneros en paz con vosotros mismos, pues si no la tenéis, no la podréis comunicar.

       Elevad vuestro espíritu y pedid gracia. Es muy im­portante que os pongáis en disposición para impartir la ayuda, pues, a menudo, con las prisas del mundo, no se hace la labor adecuada.

       Jamás preguntaréis a los médicos, ni al personal clíni­co, lo que el enfermo tiene. No seréis inoportunos con preguntas inadecuadas. La discreción ha de ser vuestro lema y sólo deberéis estar atentos, a la escucha, e impar­tir vuestro socorro como podáis.

CLASE 5

El voluntario discreto

1.- Evitar manifestaciones de afecto exageradas

El voluntario que va en el nombre de Dios no debe ser curioso.

Debe entregarse a los enfermos como si se entregara a Cristo en la Cruz. Rechazará la repugnancia y el miedo al contagio, aunque no de modo exagerado pues, en los cen­tros, no podrá manifestar externamente su entrega a su Dios y a los enfermos, pero sí en su corazón.

La discreción debe ser la pauta que marque sus ‘visitas; su celo por acercarse al enfermo y su amor. No deben ser­lo sus halagos —su «caridad»— o sensiblería manifestada exageradamente, pues ofendería al necesitado, que siem­pre está en desventaja: siempre está desvalido. El enfer­mo se sentiría humillado y acongojado por tanta mani­festación de cariño que, para él, no tendría sentido, pues no entendería el porqué de ello si no conoce al volunta­rio o hace poco que se tratan. Y más cuando sólo estáis un ratito, cuando el enfermo, para volveros a ver, habrá de pa­sar una semana durante la cual su soledad le llevará a me­nudo a la desesperación.

2.- Un corazón lleno de amor

El sentido de la realidad, la serenidad y la paz del vo­luntario deben llevarle a una visita serena al enfermo.

El voluntario puede tener fuego de amor en su corazón hacia su Dios y hacia sus hermanos, pero eso no lo debe traslucir hacia fuera exageradamente. Sólo se debe adivi­nar la serena paz y la voluntad de su visita, que el volun­tario ofrecerá a su Dios y Este, su Señor, le acompañará siempre.

3.- Una visita suave y delicada

Como se ha dicho, el voluntario no se deshará en aten­ciones, sino que, con serenidad, dejará que el enfermo hable. Seguirá su conversación escuchando atentamente. Esto ayudará a que el enfermo vacíe la angustia de su co­razón, sin que el voluntario insista o pregunte demasiado. Pues, si lo hiciera, podría ser indiscreto y entrar en un campo peligroso, acosando al enfermo.

La visita al enfermo es algo muy delicado, pues debe ser suave y decidida, discreta y amable. La actitud del voluntario debe ser de entrega, de sumisión y de caridad discreta.

El voluntario deberá analizar su interior y, antes de ir a la visita, debe ponerse en paz consigo mismo y con su Dios. Debe pedir fuerzas a su Creador para poder trans­mitir la paz. Debe saber, además, que él no puede solu­cionar la mayoría de los casos, o ninguno. El voluntario ni podrá quitar la enfermedad ni dar solidez al que nada tiene. El solamente se ofrece y, en el nombre de Dios, lo hará con discreción. Cogiendo el sufrimiento del otro, ofrecerá a Dios su sacrificio

CLASE 6

La importancia del voluntariado

1.- Ponerse en el sitio del enfermo

      Se ha hablado mucho de los voluntarios y de cómo hay que llegar al enfermo. Creo que los caminos para hacerlo se pueden resumir en dos -como se divide en dos el mandato del amor, en el Evangelios: amor y caridad.

      Por el amor podemos entregarnos a nosotros mismos; Hemos de ponernos con frecuencia en el sitio del otro y preguntarnos si nos gustaría estar siendo interrumpidos por personas a las cuales no conocemos, dejándolos entrar en su intimidad, y escuchando palabras de un consuelo que, muchas veces, solo están en boca de quien las pronuncia.

     Debemos comprender que el enfermo es a menudo presa de pánico, de desesperación y de angustia. Está de vuelta de lo que una persona sana y bien vestida le pueda decir. Los enfermos no confían en casi nadie, puesto que, a menudo, los desamparados han llegado a este estado dando tumbos por tumbos por la vida. Parte de la culpa es de ellos y parte es de la sociedad, que ha vivido sin tenderles una mano. Sin esperanza, sin amor, llenos de dolor, aterrados por la muerte, la mayoría está lejos de mimos o de palabras de un consuelo que sólo les durará unos minutos; como máximo media hora.

2.- La importancia de ser voluntarios

      Os preguntaréis: ¿Por qué, entonces, ser voluntarios, si no podemos hacer casi nada? Bien, os diré la importancia que tiene serlo:

      Primero, estáis cumpliendo un mandato divino, que es tener caridad y amor al hermano.

            Segundo, os despojáis de vosotros mismos, aunque sea sólo por unos pocos momentos. Lo hacéis para introduciros en vidas realmente escabrosas y donde el dolor físico y psíquico es palpable. Veréis cómo sufren vues­tros hermanos y, en el nombre de Dios, podréis llevarles, o al menos intentar hacerlo, la paz y la palabra de Dios. Así, poco a poco, iréis enriqueciendo vuestras almas, a la vez que procuráis hacer más por los desamparados, asemejándoos así, cada vez más, a vuestro Maestro, Cristo.

  También, en tercer lugar, podréis convertir y salvar las almas que tanto han costado a vuestro Dios; ayudan­do así a la redención con Cristo.

        ¡Mirad qué grande es esto! ¡Qué obra puede haber tan grande como ésta a los ojos de Dios, vuestro Creador!

3.- No os desaniméis

       No debéis desanimaros si no encontráis eco en algu­nos enfermos. A mis ojos estáis cumpliendo con el man­dato divino: ayudar al que sufre.

       Nada tiene tanta importancia para Dios como que el hombre esté dispuesto, por amor a él, a amar y a entre­garse a sus hermanos, los más necesitados. Y cuando digo «necesitados», no digo pobres, pues hay muchas más formas de necesitados.

Hijos míos, aquí tenéis estas breves clases; breves, pero de un contenido fuerte, que debéis analizar. Yo os bendigo, preguntando a cada uno de vosotros si hacéis todo lo que podéis en este campo, y si os identificáis con la voluntad de vuestro Creador.